sábado, 7 de diciembre de 2013

Capítulo 13

Me sonó el despertador y lo apagué cansadamente mientras los repetitivos pitidos se quedaban grabados en mi mente. El sol se colaba entre los huecos de las cortinas y me daba justo en los ojos, pero no quería abrirlos, solo quería quedarme ahí, quieta y seguir durmiendo.
Sin saber porqué, ese momento me recordó a los días que me quedaba durmiendo después de haber estado toda la noche estudiando y mi madre entraba a mi habitación llamándome suavemente mientras el olor del desayuno inundaba mi habitación y oía a mi padre irse al trabajo. Al pensar en ese nostálgico momento abrí los ojos inmediatamente, esperando ver a mi madre, mi habitación, mi vida de antes; pero lo único que conseguí fue que el sol me cegara momentáneamente y seguidamente observar tristemente que ese era mi nuevo hogar.
Me levanté lentamente mientras movía las suaves sábanas a un lado y pisé descalza el suelo frío dirigiéndome al baño, me miré al espejo y vi que al menos mi aspecto no era tan malo como los días anteriores, seguía teniendo ojeras, pero ya no eran tan profundas como antes. Salí del cuarto de baño decidida a seguir el consejo de Rose: vestirme con mi nueva ropa. Pero antes tendría que mover la maleta de en medio de la habitación; cerré la cremallera y cogí el asa de la gran maleta, pero cuando la desplacé tan solo unos centímetros sonó un ruido extraño, como si algo se hundiera ligeramente y volviese a su estado normal, volví a mover la maleta, pero más rápidamente, y volvió a oírse. La desplacé del todo y vi que una de las esquinas de la losa de debajo de la maleta estaba algo hundida por debajo de las otras losas. Me agaché y presioné con fuerza la losa, y esta tembló ligeramente de un lado a otro, haciendo el mismo ruido que antes, algo parecía desestabilizarla desde debajo. Me di cuenta que la losa no estaba ni si quiera pegada al suelo, y pude ver un pequeño hueco donde podría meter la mano y levantarla. Pesaba bastante, más de lo que pensaba, y tras varios intentos fallidos conseguí levantarla y moverla hacia un lado. No me sorprendí al ver que debajo de la losa había un hueco con algo en su interior que presionaba la losa, pero no me esperaba que se tratase de un libro. Lo cogí de ahí y lo contemplé intrigada, soplé encima de la tapa y una gran nube de polvo salió del libro haciéndome toser durante un buen rato.
El viejo libro era pesado y grueso, así que lo puse sobre mi regazo, observé que algunas esquinas de las amarillentas páginas sobresalían, pero lo que verdaderamente me llamó la atención fue la decoración del la tapa del libro, era preciosa. Estaba encuadernado en cuero negro y a pesar de que parecía ser muy viejo, estaba en buen estado, no tenía ni un solo arañazo; en las esquinas del libro eran de plata con diminutas piedrecitas blancas que hacían la forma de pequeñas estrellas que recorrían toda la tapa y el lomo del libro. En el centro del libro se podía leer ``Encantamientos para el número diez´´. Abrí el libro por una página al azar, era rugosa y parecía que iba a romperse en mil pedazos pero cuando la cogí para pasar de hoja, la noté consistente, como si se tratasen de hojas de un libro nuevo, solo que con un tacto un tanto extraño. Observé las inscripciones de las páginas, todo eran letras que no había visto en mi vida, sin embargo, había algo en ellas que me resultaba familiar. Antes de cerrar el libro completamente miré de nuevo la tapa, pero por el interior, y observé que había algo escrito en la misma tinta que el título de la parte exterior, un nombre y una fecha: Blanca, 1462.
Cerré el libro algo confusa, no sabía que hacía eso ahí, ni si quiera estaba segura de qué clase de libro se trataba, pero supuse que sería importante, de lo contrario no había estado escondido.
* * *
Después de dos horas desesperantes de clase llegó el descanso y pude escaparme al cuarto de baño para poder leer el viejo libro, la curiosidad había podido conmigo y me lo había llevado al instituto para ver si podía averiguar algo más sobre él. Me aseguré de que estaba sola y me encerré en uno de los cubículos, mi móvil vibró y lo saqué de mi bolsillo, en la pantalla vi un mensaje de Yamir: <<¿Dónde estás?>>, pensé que sería mejor no contestarle, así que puse en silencio el móvil. Confiaba en Yamir, pero aún no estaba segura de querer enseñárselo, de momento quería descubrir algo por mi cuenta.
Abrí la tapa y miré de nuevo la inscripción en una de las esquinas del interior de la tapa, era una letra muy bonita. Saqué de mi bolsillo un bolígrafo y una hoja doblada y apunté el nombre y la fecha. Seguramente el nombre sería de una persona, y la fecha, podía ser el día que se escribió el libro, 1 de abril de 1962. Ya era un comienzo, pero aún me faltaba mucho para descubrir de quién podía ser el libro. Tenía entendido que las habitaciones en las que dormíamos habían sido anteriormente de nuestros antepasados, quizá el libro podía haber sido de mi abuela, pero recordé que ella no se llamaba Blanca, sino Yeira, y no conocía ningún lugar que se llamase Blanca.
Pasé hojas incesablemente en busca de algún texto o frase que pudiese entender hasta que oí el sonido del timbre, que indicaba el final del descanso, seguidamente los pasillos se inundaron de alumnos hablando, riéndose y formando pequeños embotellamientos cuando se paraban frente a las taquillas, salí del baño mezclándome entre la gente y fui a mi taquilla para esconder el libro y coger los de la asignatura que me tocaba, cerré la puerta de la taquilla y me aseguré dos veces de que estaba bien cerrada. Me dirigí a la clase, donde solo había unos pocos alumnos charlando o con sus móviles, puse los libros sobre la mesa y seguidamente noté que alguien me tocaba el hombro.
-¿Dónde estabas?-preguntó Yamir levantado una ceja.-Te he enviado varios mensajes.
-Yo...-dije pensando una excusa rápidamente.- Estaba dando una vuelta, quería ver un poco todo esto, ya que ayer no pude. Lo siento, seguramente tenía el móvil en silencio.
Intenté sonar lo más creíble que pude, y al parecer funcionó, porque Yamir relajó un poco más su expresión y sonrió.
-Ah, bueno... Entonces ya habrás visto la biblioteca de esta planta, es enorme, ¿verdad?- dijo con voz extraña, parecía como si estuviese comprobando algo.
Abrí los ojos como platos y sonreí, dándome cuenta de que sin saberlo, Yamir había tenido una idea buenísima.
-¿Qué pasa?- dijo sonriendo algo confundido.
-¿Qué...?- dije olvidando que tenía que responder a su pregunta anterior.- Ah nada, nada...Sí, he visto la biblioteca, es genial.
-Bueno, nos vemos a la salida.- dijo cortante y con el ceño fruncido. Su expresión había cambiado por completo.- Ya sabes que te recojo en la puerta como ayer.
Me senté en mi sitio justo cuando el profesor entraba, y me preparé para las largas horas siguientes.
* * *
Hacía media hora que había empezado a llover, y yo miraba ansiosa el reloj de la pared, quedaban dos minutos para que sonase el timbre. Tenía claro lo que iba a hacer en cuanto sonase, saldría disparada a por el libro, iría al castillo, comería (para no levantar sospechas), y antes de que empezase el entrenamiento iría a la biblioteca en busca de información que me diese pistas sobre el libro.
Por fin sonó, y tan pronto como lo hizo salté de mi sitio. Cogí el libro de la taquilla junto con otros más y los apreté con fuerza. Pensaba a toda velocidad mientras me movía rápida entre la gente. Estaba a punto de bajar las escaleras de la entrada cuando de repente choqué con alguien.
-¡Ay!- dije mientras todo lo que llevaba en las manos caía al suelo.
-Vaya, lo siento.- dijo la persona con la que me había chocado mientras se agachaba a recoger los libros.
Miré aterrada como estaba apunto de coger el libro viejo, así que me agaché rápidamente, y lo cogí antes de que lo viera.
-Aquí tienes.- dijo devolviéndome el resto de libros.
-Gracias...-murmuré mientras la persona se ponía en pie de nuevo.
Fue una agradable sorpresa ver que era un chico guapísimo. Su pelo era de un rubio brillante, lo llevaba algo despeinado, pero le quedaba genial. Tenía unos ojos azules que me dejaron paralizada, sin embargo, me daba la impresión de que esa mirada ya la había visto antes...
Llevaba una cazadora negra, junto con unos vaqueros y una camiseta blanca, que marcaba su aparentemente trabajado abdomen.
-Max.- dijo sonriéndome amablemente y tendiéndome una mano.
-Tam.- dije estrechándole la mano con algo de vergüenza, su tacto era cálido y algo áspero.
-Encantado Tam.- dijo soltando mi mano.
-Igualmente.- dije sonriendo mientras me preguntaba qué edad tendría.-¿Estudias aquí?En seguida me di cuenta de que la respuesta era obvia.
-No- dijo sonriéndome mientras se rascaba la nuca distraídamente. Daba la sensación de que buscaba a alguien.- pero estudié aquí. Por cierto, eres nueva, ¿verdad?
-Sí.- dije asintiendo mientras me fijaba en que Yamir ya estaba delante de la puerta con el coche.-Bueno Max, ha sido un placer, pero tengo que irme, y gracias de nuevo.
Le sonreí a modo de despedida y empecé a andar.
-Ya nos veremos Tam.- dijo despiéndose con una mano.
Me monté en el coche sin decir nada, más bien ninguno de los dos hablábamos, Yamir estaba concentrado en llegar al callejón lo antes posible y yo pensaba con la frente pegada a la ventana.
Max...Como mínimo debía tener unos dieciocho años, además era muy guapo, y sus ojos... eran increíbles y me recordaban a los de alguien, pero no se me ocurría quién. Egoístamente pensé en que si me enamoraba de Max u otro chico que conociera fuera del círculo me olvidaría de James y así no pondría en peligro a nadie, pero  deseché rápidamente el pensamiento, era injusto y ni si quiera estaba segura de que fuese a funcionar...
El ambiente del coche sin saber exactamente porqué se había vuelto cada vez más incómodo, Yamir parecía molesto y de vez en cuando me miraba con el ceño fruncido y resoplaba ligeramente. Quería preguntarle qué le pasaba, pero prefería concentrarme en lo que iba a hacer una vez llegase al castillo.
Llegamos al callejón y nadie dijo nada, se notaba que ese día cada uno tenía cosas en las que pensar. Simplemente atravesamos los pasadizos rápidamente y subimos las escaleras que daban al castillo.
Rose y yo subimos juntas en el ascensor, pero ella se bajó en la segunda planta sin despedirse, mientras que yo esperé a subir a la tercera, la última.
Salí del ascensor mirando al suelo, y antes de abrir mi puerta me fijé en la puerta de enfrente, preguntándome quién sería mi compañera.
En ese momento empecé a prestar más atención a la sala, era rectangular, con las paredes lisas, dos columnas, suelo de mármol y grandes ventanales. En la pared donde estaban dos ventanales que daban al jardín, habían grandes espacios vacíos en los que deberían haber estado cuadros o algún tipo de decoración.
Me acerqué al ventanal que estaba más cerca de mi puerta y miré a través del cristal apoyándome en la repisa. Mientras lo hacía noté que con el pulgar tocaba algo muy pequeño y redondo, y me aparté para ver qué era. Se trataba de un diminuto botón negro, lo apreté para ver qué hacía, y al instante, el gran espacio vacío de la pared tembló, dando lugar a una vitrina de cristal.
En su interior había una especie de árbol dibujado en relieve, en el cuál desde la rama más baja hasta la más alta había fotos del tamaño de la palma de mi mano. En cada foto había una mujer, pero lo que me sorprendió es que en la rama más alta de todas estaba mi foto y debajo de ella, mi nombre y mi fecha de nacimiento.
Fui observando lentamente cada fotografía y cada fecha, al parecer todas esas mujeres eran mis antepasadas, ya que el parentesco era enormemente grande. Me paré en mi primera antepasada, se encontraba en la rama más baja de todas, y sin duda era la más guapa de las doce fotos. Su pelo era más ondulado que el mío, incluso unos rizos negros le caían sobre la frente, sus ojos eran todavía más grises que los míos, si cabía, y estaban enmarcadas por unas largas y negras pestañas, en el pómulo derecho tenía dos pequeños lunares, pero no se apreciaban bien, ya que la foto no había sido hecha directamente, sino a un retrato pintado. Bajé la vista un poco más para fijarme en su nombre, y casi me da un infarto cuando lo leí. Se llamaba Blanca Arafat, ella era la autora del extraño libro. Hacía nacido el 26 de noviembre de 1445, y si mis cálculos no fallaban, lo había escrito con la misma edad que yo tenía ahora.
Este hecho había sido un gran avance, ya que ahora si podía ir a la biblioteca para buscar a partir de un punto.
Apreté de nuevo el pequeño botón y la vitrina se cerró con un ruido seco.
* * *
Comí a toda velocidad mientras hacía una nota mental de las cosas que tenía que buscar, de mayor a menor prioridad. Bebí lo que me quedaba de agua en el vaso y prácticamente salté de la silla hacia la puerta. A mitad de camino por el pasillo oí a alguien llamarme a voces.
-¡Tam, espera!- era Yamir, y parecía bastante enfadado.
Me di la vuelta mientras ponía los brazos en jarras, si algo me molestaba mucho era que cuando tenía en mente una idea, alguien se pusiese en medio.
-¿Puedes escucharme un momento?- dijo mirándome con enfado.- ¿O ni si quiera eso?
-¿De qué hablas?- dije algo confusa.
-¿Dónde vas con tanta prisa?- dijo entre dientes, intentando ocultar lo irritado que estaba.- No se si te acordarás de que en un rato tenemos una reunión con la directora Soret.
Fruncí el ceño intentando recordar, y me vino a la mente que el día anterior la entrenadora lo había mencionado...
-Esto...si, si me acuerdo.- dije con poca convicción.- Es que iba a...a por mi móvil. Está en mi habitación y quería saber la hora que era.
-Ya, humm, ¿y no era más fácil preguntarnos a los demás?.- Cada vez se notaba más lo enfadado que estaba, no parecía el mismo Yamir que acababa de conocer hacía unos días. Abrí la boca con la intención de decir algo, pero me cortó rápidamente- ¡Ya basta Tam, deja de mentirme!
Me quedé muda por como gritaba, y no sabía qué decir, principalmente porque sabía que le había estado evitando y mintiendo.
-Sé que hoy no has estado dando una vuelta por el instituto, porque cuando te he preguntado si habías estado en la biblioteca y me has dicho que sí, sabía que mentías, ya que no hay ninguna biblioteca en ese edificio.
-Yo...
-Tú nada, me has estado esquivando y mintiendo, después de decir que podías confiar en mí, ¿qué es lo que llevas entre manos Tam?
-Te lo puedo explicar, pero tienes que bajar la voz, no quiero que los demás se enteren, y menos si anda cerca la directora Soret.
Comencé a andar en dirección a mi habitación, pero Yamir no me seguía, parecía dudar.
-Por favor, ven.- dije mirándolo con arrepentimiento.
Asintió levemente y también empezó a andar.
Subimos a mi habitación y cogió la silla de mi escritorio poniéndola frente al baúl a los pies de la cama, y se sentó mientras me observaba atentamente sin decir nada. Me agaché al lado de la cama y extendí el brazo todo lo que pude hasta alcanzar la mochila donde guardaba el libro. No era un sitio muy seguro, pero no me había dado tiempo a buscar uno mejor.
Me senté encima del baúl y puse el libro sobre mi regazo.
-Esta mañana, al mover la maleta de donde estaba, la losa había hecho un ruido raro.- dije señalando el lugar frente a la puerta del cuarto de baño.- Entonces me agaché, moví la losa y me encontré con este libro.
Le pasé el viejo libro y lo examinó con el mismo cuidado con el que yo se lo había pasado.
Asintió sin decir nada de nuevo.
-Me paré a leer algo de las páginas pero estaba escritas en un lenguaje que no había visto en mi vida, aún así seguía teniendo curiosidad y me lo llevé al instituto para ver si encontraba algo que me sirviese. No te contesté al mensaje porque no sabía qué decirte, ni cómo te tomarías este tema.- tomé aire y hablé con sinceridad.- Yamir, lo siento de verdad, no quería mentirte, pero quería descubrir algo más antes de decirte nada, y no estaba tampoco segura de que me quisieras ayudar...
Tardó varios segundos en contestar que me pusieron nerviosa.
-Está bien, te creo.- dijo mirándome directamente a los ojos.- Entonces, ¿no sabes nada sobre el libro?
-En realidad sí.- dije sonriendo.- En la parte interior de la tapa encontré escrito un nombre y una fecha, Blanca, 1462. Al principio no sabía bien qué podía significar, pero descubrí que era el nombre de una de mis antepasadas y que la fecha era de cuando tenían nuestra misma edad.
Yamir abrió el libro intrigado y pasó algunas páginas pero a medida que lo hacía su expresión iba cambiando, de intriga a confusión.
-¿Qué pasa?- pregunté confundida.-¿Has visto algo que te suene?
-Precisamente es eso, que no veo nada.- me miró y al ver la cara que ponía se explicó mejor.- Quiero decir que lo único que veo son páginas amarillentas, pero nada escrito en ellas.
-¿Cómo dices?- dije acercándome rápidamente, cogí el libro e inspeccioné las páginas.- Mira, está todo escrito, y hasta hay unos cuantos dibujos.
-Creo que ya sé lo que pasa...- dijo acercándose a mi escritorio y moviendo las cosas que había encima.- Durante el primer mes que pasé aquí me entró curiosidad por saber quiénes eran mis antepasados y de dónde venía todo el rollo de los poderes, así que me pasaba los días en la biblioteca en vez de entrenar. Descubrí cosas a las que no le di mucha importancia, pero ahora recuerdo que leí algo sobre libros en los que no parecía estar escrito nada.
-Al grano Yamir.- dije impaciente.
-Toma.- dijo dándome un bolígrafo y una hoja.- Escribe aquí las letras que ves en esa página.
Me apoyé en el escritorio y empecé a copiar las extrañas letras de la página, para mi sorpresa no me resultó difícil copiarlas, es más, parecía como si lo hubiese estado haciendo durante toda mi vida.
-Lo que yo pensaba...-dijo dejándome en vilo.
-Yamir, sigo aquí, ¿sabes?- dije mirándolo expectante.
-Verás, cuando estuve leyendo en la biblioteca leí que las generaciones anteriores a nosotros habían dejado escritos modos de utilizar nuestros poderes para defendernos, sirviéndonos así para entrenar, pero estaban escritos en un lenguaje que nadie entendía excepto nosotros y solamente sería visible para quién le correspondiese el mensaje. En este caso este libro lo dejó tu antepasada para sus descendientes.
-Pero te olvidas de algo, yo no entiendo el mensaje.
-En realidad si lo entiendes, también leí que en un principio la primera generación inventó su propio lenguaje para comunicarse, y que nadie del exterior los entendiera.
-Pero, si ellos crearon el lenguaje, como es que tu y yo podemos entenderlo.
-Nuestros antepasados pretendían crear descendientes iguales que ellos, así que convirtieron los poderes y el lenguaje en su herencia, y quizá otras cosas más que aún no hemos descubierto.- hizo una pausa y miró el libro.- Pero cuando yo leí todo eso no le di importancia porque lo contaban como si fuera una leyenda, algo que no existió en realidad, ya que no se habían encontrado pruebas de ello.
-Pero ahora esas pruebas existen.- dije pensativa.- Pero aún hay algo que se nos escapa, si los poderes y el extraño lenguaje fue su herencia, ¿porqué se va saltando una generación?
-Respecto a eso, tengo una teoría.- dijo sonriéndome.